NOBEL AL BRAVO PUEBLO
- Elián Zidán

- Oct 12, 2025
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Por: Elián Zidán

Venezuela ganó, y su pueblo también. Pese a la usurpación de un régimen que se aferra al poder, pese al exilio forzado, a los silencios impuestos y a las cárceles llenas de voces incómodas, el mundo finalmente reconoció a quien ha sido el símbolo más visible de una lucha que no ha cesado ni un solo día.
Su nombre: María Corina Machado. Una mujer que no tenía la necesidad de luchar, porque desde que nació lo tuvo todo. Pero eligió hacerlo. Eligió enfrentarse al poder, al miedo y al costo de decir la verdad. Dejó los privilegios y el abolengo a un lado para convertirse en el bálsamo de un pueblo cansado de la oscuridad y sediento de esperanza, transparencia y democracia.
La llaman la dama de hierro de la era moderna, y no es para menos. Su carácter, su temple y su firmeza ante una cúpula dictatorial la hacen merecedora de todos los reconocimientos, incluido el Premio Nobel de la Paz. Pero lo que distingue a María Corina no es solo su valentía política, sino su convicción de que los grandes cambios no nacen del odio, sino del coraje y la fe en la libertad.
Su nombre resuena hoy más allá de las fronteras, pero su causa nunca fue personal. Desde Oslo hasta Caracas, su mensaje ha sido el mismo: que Venezuela no está sola, y que su pueblo merece volver a elegir, volver a soñar y volver a vivir en libertad.
Al recibir tan honorable distinción, Machado no habló de sí misma, sino de su gente. De ese pueblo que ha resistido una y mil veces. De los que cruzaron fronteras con una maleta y una bandera, de los que se quedaron resistiendo en silencio, de los que aún guardan una vela encendida por el regreso.
Han pasado más de 25 años, 300 meses y 9,131 días desde que ese país fue cooptado por una falsa promesa de equidad y justicia, una promesa que terminó convertida en miseria, censura y represión.
Venezuela, la perla de América del Sur, la del oro negro, la de los llanos infinitos, la de los tepuyes y la abundancia. La tierra de poetas y de médicos, de maestros, reinas de belleza y soñadores. La que alguna vez fue faro de progreso en el continente.Hoy, sin embargo, es solo el reflejo doloroso de lo que alguna vez la gloria le permitió ser.
Y sin embargo… Venezuela sigue viva. Vive en cada migrante que trabaja fuera con el corazón dividido. Vive en cada madre que resiste sin comida, en cada joven que alza su voz a pesar del miedo, en cada voto que se deposita como acto de fe, no de rutina.
Por eso, este reconocimiento no solo premia a una mujer. Premia la resistencia, la dignidad y la esperanza de un pueblo entero que se negó a rendirse.
Premia la memoria de quienes ya no están, de los que murieron soñando con un país distinto, de los que creyeron que la libertad valía más que el miedo.
Y también premia a quienes, desde lejos, aún siguen diciendo con la voz quebrada pero firme: “Gloria al Bravo Pueblo.”
Este Nobel no lo gana una persona, lo gana una nación entera. Una nación que sigue viva, incluso en el exilio, porque Venezuela —pese a quienes usurpan el poder— nunca dejó de tener voz, porque su gente nunca dejó de ser lo más grande y valioso que tiene.







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